El Emmanuel esperanza de nuestro tiempo.

Por Seminarista Cristian Villanueva Valdez 

“No teman, pues les anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy en la ciudad de David un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,10) es parte del Evangelio que será proclamado en la Misa de Navidad.

Sin embargo, antes de continuar, hace falta formular la siguiente cuestión, ya que el tiempo de Adviento ha llegado a su fin, tiempo que es traducido en un tiempo de espera; entonces, qué expectativa tenemos, ante la situación que nos ha tocado vivir, ante una incertidumbre familiar, social, política, etc. Entonces es menester hacernos la pregunta: ¿qué estamos esperando, qué expectativas tenemos de la vida?, ya sea  en el campo familiar, en el matrimonio, en la vida fraterna, en el trabajo. Ya que, una vida sin espera, es una vida sin sentido, y esa vida sin sentido hace que caminemos sin saber a dónde vamos, sin saber cuál es nuestro destino, hacia qué tendemos.

A esto, entonces, ¿qué tiene que guiar nuestra espera?. En la Sagrada Escritura encontramos mucha gente que debe ser un paradigma para nuestra espera, solo por mencionar a algunos: Abraham, Israel, Isabel, José y María. Y así cada vez que es proclamada la Palabra de Dios nuestra historia es iluminada y en consecuencia toma sentido. 

Por eso, nuestra espera no ha de ser según el modelo del mundo, que siempre nos ofrece lo efímero, algo que pasa, que al final se acaba, que al fin y al cabo terminan desilusionándonos y nos volvemos infelices porque pensamos que aquello nos daría la felicidad, en fin la vida.

Entonces, he aquí que entra el gran misterio de la encarnación, el Hijo de Dios, la Vida ha entrado en el mundo , esa vida que tanto deseamos, porque hemos sido creados para la vida y vida en abundancia.

Con este gran acontecimiento Jesús, Dios, entra en la historia, irrumpe en el espacio y tiempo, e irrumpe en nuestra realidad. Así, en la carta escrita por Pablo hacia la comunidad de Filipos encontramos la siguiente exhortación: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo: el cual, siendo de condición divina, no codició ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre.” (Flp 2, 4 – 7) 

Cristo no ha rechazado la historia, como uno tantas veces rechaza su historia, él en cambio, se encarna en una realidad concreta. En tiempos de Cesar Augusto, emperador romano, que por el edicto dado por este, José y María van de camino a Belén para empadronarse, tiempo que se le cumple a María para el alumbramiento, al no encontrar posada en ninguna casa, el Emmanuel nace en un establo, en un pesebre, una realidad completamente adversa, entre el desorden que uno puede encontrar en un establo; sin embargo, Dios no tiene miedo de entrar en la historia. Ahora surge la siguiente interrogante: ¿Estamos dispuestos a acogerlo, estamos dispuestos a que nazca en nuestra vida, en la precariedad de nuestros establos, que al final es nuestra situación?

En consecuencia, Dios, en esta Navidad, nos hace la invitación de entrar en nuestra historia, de no vivir como alienados, que seguramente querríamos tomar hechos del pasado, que nos han humillado, que nos han hecho pequeños, donde nos han derrotado y así eliminarlos. Pero aparecen ideologías que prometen el paraíso en la tierra que final han fallado. Precisamente, justo en esa condición, Cristo quiere nacer en esa realidad y desde allí darnos la salvación.

El primer anuncio del nacimiento de Cristo fue dado a conocer a unos pastores, que por cierto, en tiempo de Jesús el testimonio de un pastor carecía de credibilidad; aun así, el mensaje de la encarnación se les confió a ellos. Ahora, Dios puede hacer de nosotros testigos de la encarnación, porque hemos visto el nacimiento de Jesús en nuestras vidas. Les anunciamos una gran noticia, hoy ha nacido Cristo el Señor, Príncipe de paz.

Por eso, pues, aquel que es la señal de nuestra salvación, el Emmanuel nacido de la Virgen, nos fue dado por el mismo Señor, porque era el mismo Señor quien salvaba a los que por sí mismo no podían alcanzar la salvación, y así exhorta el profeta Isaías, es tiempo de fortalecer las manos débiles, es momento de robustecer las rodillas vacilantes, porque el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. ¡Cristo, el Emmanuel ha nacido!